Está en mi naturaleza retractarme de toda decisión que tomo en un momento de
enfado, rabia, aspereza, o frustración sentimental.
Odio esa parte de mí, me
hace caer millones de veces en la misma piedra. Esa piedra se llama pérdida de
todo egoísmo emocional, de toda empatía conmigo misma, de toda solidez en mi
integridad como ser sentidor. Lo cierto y peor es que casi siempre se me pasa todo
cantando a toda hostia una canción de Estopa, bailando desnuda en el baño,
tomando café con Macarena o leyendo ensimismada algo que momentáneamente
distrae mi resentimiento y disminuye mi lastre de rabia.
Esto me pasa por ir siempre con el pecho abierto de par en par y por, a
pesar de imaginar revoloteando las consecuencias avinagradas alrededor de mi
costado que me harán sentir el mayor de los escozores después, lanzarme a
sentir como se lanza un niño a un charco con la ropa limpia, como el que salta
de una avioneta con la despreocupación de si se abrirá o no el paracaídas de
emergencias, como se adentran las aves en el mar, dispuestas, a bocajarro, para
capturar a los pobres peces que se encuentran en la superficie, como entra la
luz cuando tu habitación se orienta al Este al correr las cortinas por la
mañana. Podría seguir con un interminable etcétera de aperturas, saltos o
entradas de cosas en otras cosas, pero acabaría incluso proponiendo
ejemplificaciones sexuales que ahora mismo no vienen al cuento. A lo que voy es
a que seáis conscientes conmigo de mi soberana estupidez y de mi torpeza
absoluta a la hora de mirar por mí misma y por mi futuro emocional cuando se
trata de sentir.
Lo reconozco, tengo los cajones vacíos de recetas que salen como muestra la
foto. Improvisar y usar ingredientes por intuición se me da mucho mejor que
medir cantidades y calcular proporciones. Combinaciones de sabores que harían
perder el juicio a los mejores chefs se me antojan mucho más divertidas y
emocionantes que las digamos, convencionales.
Todo esto es culpa suya, porque yo antes... yo antes colocaba exactamente
como me decía el papel hasta la cerecita en lo alto del pastel. Ya veis, se llevó
mi aversión absoluta a todo lo que no estuviera meticulosamente calculado. Pero
eso es otra historia; joder, siempre acabo escribiendo de lo mismo.
Pero ya no hay vuelta atrás, ahora tengo que aprender a cuidarme siendo así.
¿Cómo se protege una de lo que la mantiene viva?
No hay comentarios:
Publicar un comentario