jueves, 6 de septiembre de 2018

Todos los sentidos en todos los lugares.

Me has mirado salvajemente a la cara y ahora no puedo olvidarte. Te veo en los rostros descentrados de todas las personas que corren porque van a perder el tren en esta estación. Te veo también en el movimiento giratorio del café que bebo para no soñarte tanto. Te veo además en los últimos cinco segundos en los que el sol se pone por completo. Te veo incluso en los lugares donde jamás has estado.

Te has dejado el olor en mi piel y ahora no puedo ir a ningún sitio sin llevarte. Te huelo en la ropa que recojo de la azotea. Te huelo también en los cuerpos de otras gentes que pretenden hacer de ti al cruzarse conmigo por la calle. Te huelo además en mi propia casa, aunque fume, aunque cocine, aunque me perfume, aunque ventile. Te huelo incluso cuando al mar.

Mis sábanas tienen grabada la forma de tu cuerpo y ahora la cama es incómoda si no estás. Te toco cuando introduzco las manos en la arena de la playa y la agarro fuerte para después dejarla caer despacio. Te toco también cuando acaricio la hierba recién cortada del parque de mi infancia. Te toco además cuando a mi guitarra. Te toco insluso cuando me toco.

Hace tiempo que no bailas en mi cocina y ahora a todo le falta una pizca de ti. Te saboreo en el vaso de horchata de después de una siesta llena de sexo, el que me bebo con los ojos cerrados y de una sola vez. Te saboreo también en el primer muerdo a alguna fruta tropical, y el jugo me chorrea por la barbilla, pero no me limpio, no, porque quiero que sigas bajando como cuando... como cuando. Te saboreo además al probar bocados nuevos, con la incertidumbre por el desconocimeinto absoluto sobre qué ocurrirá en tu boca. Te saboreo incluso cuando hace días que no te beso.

Hay un verso para ti en cada canción y es el que ahora grito a viva voz queriendo que me escuches en cualquier lugar del mundo. Te escucho también en la poesía que recitan enamorados correspondidos. Te escucho además en las historias que cuentan las lenguas de mi tierra. Te escucho incluso cuando ni siquiera hablas, en mi cabeza, dando el mejor concierto de mi vida , solo para mi.


jueves, 8 de febrero de 2018

Pequeña confesión.

Está en mi naturaleza retractarme de toda decisión que tomo en un momento de enfado, rabia, aspereza, o frustración sentimental.
Odio esa parte de mí, me hace caer millones de veces en la misma piedra. Esa piedra se llama pérdida de todo egoísmo emocional, de toda empatía conmigo misma, de toda solidez en mi integridad como ser sentidor. Lo cierto y peor es que casi siempre se me pasa todo cantando a toda hostia una canción de Estopa, bailando desnuda en el baño, tomando café con Macarena o leyendo ensimismada algo que momentáneamente distrae mi resentimiento y disminuye mi lastre de rabia.
Esto me pasa por ir siempre con el pecho abierto de par en par y por, a pesar de imaginar revoloteando las consecuencias avinagradas alrededor de mi costado que me harán sentir el mayor de los escozores después, lanzarme a sentir como se lanza un niño a un charco con la ropa limpia, como el que salta de una avioneta con la despreocupación de si se abrirá o no el paracaídas de emergencias, como se adentran las aves en el mar, dispuestas, a bocajarro, para capturar a los pobres peces que se encuentran en la superficie, como entra la luz cuando tu habitación se orienta al Este al correr las cortinas por la mañana. Podría seguir con un interminable etcétera de aperturas, saltos o entradas de cosas en otras cosas, pero acabaría incluso proponiendo ejemplificaciones sexuales que ahora mismo no vienen al cuento. A lo que voy es a que seáis conscientes conmigo de mi soberana estupidez y de mi torpeza absoluta a la hora de mirar por mí misma y por mi futuro emocional cuando se trata de sentir.
Lo reconozco, tengo los cajones vacíos de recetas que salen como muestra la foto. Improvisar y usar ingredientes por intuición se me da mucho mejor que medir cantidades y calcular proporciones. Combinaciones de sabores que harían perder el juicio a los mejores chefs se me antojan mucho más divertidas y emocionantes que las digamos, convencionales.
Todo esto es culpa suya, porque yo antes... yo antes colocaba exactamente como me decía el papel hasta la cerecita en lo alto del pastel. Ya veis, se llevó mi aversión absoluta a todo lo que no estuviera meticulosamente calculado. Pero eso es otra historia; joder, siempre acabo escribiendo de lo mismo.

Pero ya no hay vuelta atrás, ahora tengo que aprender a cuidarme siendo así.
¿Cómo se protege una de lo que la mantiene viva?