Ojala tuviera el valor de confesarte que a veces me importas
y a veces no. Que me recorre la impávida sensación de que eres un vacío que no
se llena, pero lloro un poco y te me pasas. Eres un vacío que vaciar. Que en
ocasiones te quiero encima y otras tantas a kilómetros. Que mi vida sigue sin
seguirte pero se detiene cuando duermes. Ojala los tuviera tan bien puestos, los ojos digo, para ver que en
realidad no me dedicas pensamientos nocturnos, para cerciorarme de que me has dejado olvidada en
otras bocas, que ahora tengo el guión de un personaje secundario en tus sueños , que ya no
te da más de sí el corazón. Ojalá pudiera subir al Kilimanjaro, por poner un
lugar a tu altura, y gritarte fuertemente que me haces falta, y que el eco de mis palabras se entremeta
entre un latido tuyo y el siguiente. Y que después de eso implosionaras que
como dice Elvira, es como explosionar pero hacia dentro. Ojala luego recompusiera todos los pedacitos de ti de un abrazo. Ojalá no me
interrumpiera el miedo, la causa, el efecto de dar un paso. Ojalá vengas y no
ocurra nada más.
Pero he puesto puntos finales a los ojalas y los he
convertido en una lista de cosas pendientes
finalizadas en tics que simulan un “no hecho, pero deshecho”.
Recordarte que muchos te verán como letras, como palabras ,
como silencios, como música, como paz, como vida, como primavera, como sol, como
aire, como anhelo, como ganas, como poesía, como amor de su vida. Y después de
todos ellos estaré yo, que simplemente te miro, y te veo. COMO NUNCA, COMO
SIEMPRE.